Ons' Lieve Heer op Solder

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Este museo, nuestro Señor en la buhardilla, es uno de los museos que merece la pena visitar cuando se visita Amsterdam y se está en la zona del amstelkring.  Tuvimos la suerte de visitarlo con Diego Sanchez Bustamente el que es el mejor cicerón que hemos tenido karla y yo en mucho tiempo. No solo nos hizó una introducción maravillosa sino que el recorrido por el interior fué completamente memorable.

El museo está compuesto por 3 edificios en los que se construyó una iglesia en la buhardilla. Un pedazo de iglesia en los tiempos en los que la fé católica estaba perseguida por los calvinistas. En la entrada de la wikipedia cuentan muchos más detalles y en este enlace esta la pagina oficina del museo  Ons’ Lieve Heer op Solder para que veaís algunas fotos y os hagáis una idea. Lamentablemente la copia que tengo de las fotos en un dvd no funciona bien pero Karla tiene una copia de seguridad.

Diego nos leyó un mágnifico relato que había escrito ambientado en nuestro señor en la buhardilla y quiero compartilo con vosotros. No solo me gustó mucho si no que contribuyo, además, a crear un ambiente mágico durante la visita. Me gustaría compartirlo con vosotros y lo voy a añadir a continuación:
Nuestro Señor en la buhardilla

Pablo conoció a Ivana, a Guillermo y a Dolores en el Reiger, el único café-restaurante del pueblo, a la hora del almuerzo.
Apenas si había un sitio libre. Tras vacilar un par de minutos con el tazón de sopa en una mano y el bocadillo en la otra ,
vio Pablo una silla vacía en la mesa del fondo en la que tres jóvenes de su misma edad comían con ganas.

– ¿Puedo sentarme?

Preguntó en su titubeante holandés

Guillermo dejó sobre la mesa la cerveza que acababa de llevarse a los labios, volvió la cabeza, sonrió, señaló la silla
vacía con su mano izquierda y dijo simplemente:

– ¡Prueba!

Pablo colocó su almuerzo en el hueco libre de la mesa, volvió al mostrador a buscar el vaso de leche agria y balbuceó:

– Soy Pablo.

Los tres jóvenes sonrieron, se presentaron y de pronto sintieron los cuatro la sensación de vivir uno de aquellos viejos
chistes que comenzaban:

“Iban en un tren francés un pasajero inglés, un ruso un chino y un polaco…”

Efectivamente, Pablo, español, compartía mesa con la serbia Ivana, la mexicana Dolores y el checo-alemán Guillermo
que, en realidad, se llamaba Wilhem.

Así que,comentó, somos todos extranjeros.

-Según se mire

respondió Ivana.

-Tú, sin duda lo eres; nosotros hemos nacido los tres en Holanda, aunque mis padres son serbios, los de Dolores
mexicanos y, en cuanto a Guillermo, checo el padre y alemana la madre.
Hizo un gesto teatral Ivana fingiendo no quería se supiera lo que iba a decir y añadió:
“¡es judío!

Todos rieron de buena gana y Pablo, terminada la sopa, la leche agria y el bocata, sintió una profunda sensación de
cosmopolitismo y se levantó con desgana. Tenía la impresión de que no volvería a ver a esos tres jóvenes que tan
bien le caían pero su dificultad con el idioma y una cierta timidez le impidieron preguntar si podrían encontrarse de
nuevo. Sentía una extraña mezcla de proximidad y lejanía a ese grupo que parecía tan bien avenido.

Farfulló una despedida pero Dolores le interrumpió:

¿conoces Amsterdam?

-Mmm..¡no!

respondió Pablo.

– Apenas conozco otra cosa de Holanda que el pueblo

-¿qué haces aquí?

-Cuido a una anciana  que, a cambio, me da cama, desayuno y cena; estudio el idioma y calculo que, en unos
seis meses, podré iniciar la recogida de material para mi Tesis.

-Nosotros vamos mañana. ¿Nos acompañas?

A Pablo le pareció magnífica la idea.

-Estupendo. Precisamente mañana viene a pasar el día la hija de la anciana.Estoy libre hasta la noche. ¿Teneis coche?

-No; vamos en autobús hasta Rotterdam y allí cogeremos el tren.

Pablo apenas si pudo conciliar el sueño de pura excitación; ¡Amsterdam!.

A las ocho en punto del día siguiente llegaron los cuatro, casi al mismo tiempo, a la parada del autobús. A las
ocho y cuarto arrancaban en dirección a Rotterdam y minutos antes de las diez se bajaban del tren, charlando
animadamente, en la Estación Central de Amsterdam.

-¿Qué plan tenemos?

Preguntó con excitación contenida Pablo.  Los tres amigos hablaban casi a la vez; Pablo consiguió entender que
darían un paseo hasta el Dam, meca permanente de los hippies, tomarían un café en el Krasnapolsky, visitarían
rápidamente la exposición de fotos en la Iglesia Nueva, atravesarían luego el barrio rojo (¡los famosos escaparates
que no exhiben joyas ni tejidos, sino putas!), rodearían la Iglesia Vieja y, llegados al Oude Zijdse Voorburgwal,
visitarían el museo Amstel Kring

– Amstel ¿qué?

preguntó Pablo.

-Amstel Kring, llamado también “Nuestro Señor en la Buhardilla”

respondió Guillermo.

-¿como?

Insistió Pablo.

Los tres se rieron.

-Viene de la época en que los católicos eran perseguidos

aclaró Ivana.

-Es una casa burguesa del XVII; mejor dicho, dos casas unidas. En la buhardilla queda la única iglesia de las
muchas que se ocultaron de ese modo en el pasado a la inquina protestante.

Llegaron a la puerta, pagaron (precio de estudiante) y se adentraron por los laberintos de pasillos, escaleras,
salones, corredores, hasta que, para asombro de Pablo, entraron en la iglesia. ¡No era lo que había imaginado!
En lugar de la capillita en que pensaba, se encontraban en una iglesia hecha y derecha: larga nave, vidrieras,
¡tres pisos!, órgano, sacristía, confesionarios…

Durante largo rato escudriñaron cada rincón, admiraron casullas y ornamentos en sus vitrinas,descendiendo
luego por escaleras distintas

Al cabo de un rato Pablo, separado del grupo, empezó a sentir claustrofobia; giraba, subía,bajaba…en alguna
ocasión le pareció oír la voz de Ivana que cuchicheaba: “creo que es por aquí!

Arrebolado y sudoroso llegó a una puerta metálica, cubierta de orín, cerrada con un grueso cerrojo: Forcejeó
con el hierro enmohecido, consiguió descorrerlo y, con dificultad, logró abrir una rendija por la que se escurrió
hasta la calle húmeda, por dos escalones de piedra. Respiró aliviado, hondamente, varias veces. Comprobó que
había llegado a un callejón lateral; lo recorrió hasta el final, torció a la derecha y, a unos veinte metros, llegó a la
puerta de entrada. Se sentó en el penúltimo escalón a esperar a sus tres compañeros.

A las cinco y medi en punto oyó sonar una sirena en el interior del edificio y por las escaleras bajaron unos
cuantos visitantes.

Tras unos minutos subió a zancadas los diez escalones y se dirigió a una mujer que se aprestaba a salir.
No; le dijo, respondiendo a su pregunta. No queda nadie. Los vigilantes recorrieron ya el edificio, como de
costumbre y yo acabo de activar los sensores de volumen. El museo está vacío.

Pablo se desconcertó pero pensó que sus conocidos habían salido antes y, tras esperarle un rato, se habían
marchado.

Recorrió a pie el camino de vuelta a la Estación Central y, en Rotterdam, cogió casi por los pelos el último autobús
hacia su pueblo.

Al día siguiente, a la hora del almuerzo, se dirigió al café y preguntó por sus tres compañeros de la víspera. Sí,
la camarera los recordaba, eran clientes habituales; y también a él: como olvidarlo, rió la joven; ¡un extranjero que
bebe leche agria!

Entretanto Ivana, Dolores y Guillermo recorrían una y otra vez pasillos, escaleras y salones. Se dieron cuanta de
que llevaban mucho tiempo allí: a Guillermo le apuntaba la barba y a Ivana le vino la regla. Llevaban, pues, más de
dos días dando vueltas, pero no estaban cansados ni asustados. Algo desconcertados, sí, seguían buscando
tranquilamente la salida.

Aún hoy, años después, hay visitantes del Amstelkring que aseguran haber notado algo extraño. Encontrándose
a solas en uno de los salones han creído percibir movimientos, roces suaves y, en ocasiones, oído cuchicheos
que dicen, con claridad :”creo que es por aquí”

Diegodiéguez

 
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